Desde Los Himalayas 317
Hay personas que pasan por nuestra vida dejando huellas discretas, pero indelebles. Para mí, Jesús fue exactamente eso: una lección constante de generosidad, ingenio y una peculiar sabiduría que solo el tiempo me ha permitido dimensionar por completo.
Nuestro primer gran acercamiento ocurrió cuando tenía apenas unos 16 años. Yo necesitaba trabajo y él, atravesando un momento financiero sumamente complicado, me abrió las puertas. Con el tiempo entendí la grandeza de ese gesto: en una etapa donde lo último que él necesitaba era sumar compromisos, prefirió extender la mano. Eso definía a la perfección quién era Jesús: un hombre que hacía el bien en silencio, anteponiendo siempre a los demás sin buscar reconocimiento.
En aquel entonces, con mi corta edad e inexperiencia, me fascinaba observarlo trabajar. Lo escuchaba negociar acuerdos de una complejidad asombrosa y con soluciones que, a primera escucha, parecían auténticas locuras. Pero al analizarlas un momento, todo cobraba un sentido impecable. Era un hombre profundamente inteligente, ingenioso y con un pensamiento visionario.
Recuerdo bien una anécdota que se quedó grabada en mi mente. Acompañé a Jesús a comprar herramientas de jardín para ayudar a mi madre. Viniendo de una enseñanza tradicional donde el patrimonio se construía limitando gastos, me quedé paralizado cuando lo vi elegir una podadora eléctrica de tecnología avanzada cuyo precio me parecía exorbitante, especialmente sabiendo que su situación económica no era la más holgada.
Yo, que había podado ese jardín durante años, a mano y de rodillas con unas tijeras viejas, no aguanté la curiosidad y le pregunté por qué gastaba en algo así. Él sonrió y dijo: “Te voy a decir un truco: cuando tengas que hacer algo que no te gusta, ve y compra algo que sí te guste mucho. Así, cada vez que lo hagas, lo harás con gusto por usar lo que te agrada”. Nos miramos y reímos a carcajadas.
A través de los años, y escuchando tantas historias tras su partida sobre su forma única de impactar en la vida de otros, comprendí la verdadera profundidad de sus palabras. Jesús entendió algo que a muchos nos toma la vida entera aprender: que la existencia no se trata solo de acumular o resistir, sino de disfrutar el camino, de compartir y de no postergar lo que nos hace felices. Nadie tiene comprada la vida, y recordarlo a él es mi mejor recordatorio para no olvidar vivir.
Hugo Campos







