Desde Los Himalayas 316
Cuando me hicieron la invitación para hacer la carta para Desde los Himalayas, también me pidieron que enviara una foto donde saliera con él (Jesús), así que lo primero que hice fue eso. Ir a mi galería a buscar una foto donde saliera bien… o no tan mal. Y ahí tuve mi primer sentimiento de tristeza, al darme cuenta de que no tenía prácticamente ninguna donde saliéramos juntos, a excepción de una fotografía en una carrera que fuimos donde él sale solo a la mitad. Así que sin pensarlo demasiado me fui a su WhatsApp, pensando que ahí de seguro encontraría algo que pudiera funcionar. No tenía idea a lo que me estaba enfrentando. Pasé por todos los sentimientos que pueden existir. Sobra decir que lloré igual o más que aquel día; pero también me reí mucho de todas sus ocurrencias y fui la más feliz al darme cuenta de que su cariño por mí era tan auténtico. Orgullo de saber que le aprendí mucho… nostalgia por todos los momentos que vivimos.
Recuerdo que él fue quien me animó y orientó a comprar mis primeros tenis “profesionales” (se le olvidó decirme que tienen un tiempo de vida y los seguí usando por muchos años ya todos caducados). También me animó (obligó) a ir todas las mañanas a las 5:00 a.m. al Parque Metropolitano. Gracias a eso logré correr mis primeros 25 km. (mi más grande orgullo cada que me aparece en mis recuerdos de Facebook).
Pude recordar todos esos desayunos en los que exclusivamente nos reuníamos para que me enseñara ese “algo” que sabía que en esos momentos me apasionaba o traía en mente.
Me enseñó fotografía… me ayudó a elegir una cámara adecuada para mí y me enseñó lo básico. Tuvimos que hacer una pausa porque le regalé la cámara a un novio que tenía en ese momento (y por lo que se burló de mí por varios meses).
Después me empezó a gustar la bicicleta; entonces me inscribió a un concurso donde cada kilómetro que recorrieras se acumulaba y te contaba para ganarte un viaje a Ámsterdam. Todos los días nos mandábamos mensaje para contarnos cuánto habíamos avanzado ese día. Los dos jurábamos que nos lo ganaríamos. No lo logramos. Y ahí aseguramos que habían hecho trampa.
Más tarde llegó mi obsesión por hacer el Camino de Santiago, justo después de que él regresó de ese viaje, y ahí se dedicó a contarme de todas sus aventuras, a darme sus mejores tips y hasta me hizo una lista de todo lo que iba a necesitar para el viaje.
Nunca se hizo ese viaje. Pero él no se dio por vencido, sabía que mi vida era un desastre y entonces nuestros desayunos eran dedicados a darle orden a mis días. Me dejaba tarea y todo, como investigar en qué áreas podía aplicar algunas palabras. Enfoque, constatación, inspiración y disciplina eran algunas de ellas.
De alguna forma lo que yo no le platicaba, él se enteraba. Y solo me llegaba un mensaje larguísimo donde redactaba cómo podíamos resolverlo.
También pude leer y recordar cuánto amaba a Fa, por todas esas veces que me pedía ayuda para que investigara sobre algo que quería regalarle o ser su cómplice para alguna sorpresa que quería hacerle. Desde su libro favorito hasta el viaje que sabía que quería hacer. Pero sobre todo, por los cientos de veces que me decía que la cuidara mucho siempre que él se iba de viaje… si supiera que siempre fue y sigue siendo ella la que cuida de nosotros…
“Rey misterio”, como le decíamos Fa y yo en algunas ocasiones… “El favorito”, así le decían de broma los yernos a mis papás en forma de burla, pero sabiendo que era una realidad. Realidad que él se había ganado a pulso… Gzuz, como le decían sus amigos, o Jesús Romero.
Tenías tantos nombres como personalidades. Pero también me enseñaste a amar y aprender de cada una de ellas.
Gracias por tanto.
Y como tú decías… ¡te quierito!
Jessika Campos







